lunes, 11 de agosto de 2008

El Hogar Tesapé Porá

El Hogar Tesapé Porá de Villarrica (Paraguay) es un centro que acoge a niñas de 2 a 15 años en situación de extrema pobreza o que han sido víctimas de prostitución o malos tratos. En la actualidad se está construyendo allí una granja escuela que, por una parte, ha de servir para autoabastecer al Hogar y, por otra, pretende dar a las niñas una opción profesional futura.

Para conocer a las niñas, no te pierdas este documento sonoro: clic.

(En esta ocasión hemos recogido 30 euros, entregados directamente en el Hogar por Elena, de la Asociación Ikatu.)

sábado, 2 de agosto de 2008

Hacer realidad el sueño de un niño

Entrevista a Iñaki Orive, fundador de la Fundación Pequeño Deseo (Imma Sanchís, La contra de La Vanguardia, 30/07/2008)


Tengo 40 años. Nací y vivo en Madrid. Licenciado en Empresariales. Separado y con dos hijos, un niño de 10 años y una niña de 8. Tengo una compañía de gestión de contenidos multimedia para público infantil, juvenil y familiar. Soy un liberal, creyente y seudopracticante

¿Cómo empezó todo?
La idea ya existía. Cuando vivía en Los Ángeles colaboraba con dos compañías de referencia que se dedicaban a realizar deseos de niños con enfermedades crónicas o terminales.

¿Pero de dónde venía su inquietud?
De mis padres. Desde niño los he visto agradecer su suerte y sus posibilidades y corresponder ayudando.

¿Qué le atrajo de ese proyecto?
No curaban, no alimentaban, no educaban, simplemente entraban en la vida de un niño con unas circunstancias de vida cotidiana muy duras, le concedían un deseo, y luego se marchaban.

Algo así como ser un hada madrina.
Sí, pero lo que ocurre es que el efecto del deseo perdura. El Colegio de Psicólogos norteamericano hizo un estudio que demuestra que todo ese proceso alivia la enfermedad del niño y la carga del entorno.

¿Y quince años después decidió aplicarlo en España?
Sí, formé el patronato con la Asociación Española de Pediatría y con el padre Ángel, que lleva un montón de años ayudando a ancianos y niños. La financiación inicial partió de los cinco amigos más cercanos del sector.

¿Cuál fue el primer deseo?
Fue en el año 2000. Daniel, un niño de Madrid, quería ser bombero por un día. Le hicieron un casco a la medida de sus 4 años, le regalaron un uniforme, le enseñaron todas las instalaciones, le montaron en un camión, pudo hablar por radio, manejar la grúa e incluso subió en helicóptero. El cuerpo de bomberos se volcó.

¿Y cómo está hoy Daniel?
Cinco años después se hizo socio de la fundación para poder ayudar a otros niños a vivir una experiencia como la suya.

¿Qué otras cosas desean los niños?
Ser algo por un día (policía, princesa, veterinaria o la Bella Durmiente en un descapotable rosa); tener algo, ir a conocer algún lugar, o conocer a alguien: desde un jugador de fútbol hasta Spiderman o Blancanieves.

¿Y consiguieron convocar a Blancanieves y los siete enanitos?
Hablamos con Disney y conseguimos actores y la réplica perfecta de los vestidos. Lo hicimos en Barcelona, un particular nos prestó su finca, que decoramos como en la película. Cuando el niño llegó, no se lo podía creer. Estos deseos son fantásticos porque son como sueños.

Sin duda inolvidables.
También tuvimos el caso de un niño que quería ser princesa y fuimos al palacio Real y paseó en carroza.

A usted, ¿qué deseo le ha conmovido?
Por su sencillez, el de una niña de Valencia de 12 o 13 años que quería pasar una mañana en la peluquería y que la pusieran "muy, muy guapa". Hablamos con estilistas y salones de belleza; es muy gratificante ver cómo la gente se vuelca y el deseo acaba convirtiéndose en algo más grande incluso de lo que nosotros mismos imaginábamos. Todo es sorprendente y emotivo.

Imagino que muchas televisiones les habrán ofrecido hacer un programa.
Sí, pero siempre hemos tenido claro que la intimidad del niño es sagrada, y que con el abrazo al futbolista o su día con Batman no se comercia.

¿Quién solicita el deseo?
Tenemos una presencia permanente en los grandes hospitales de España, pero al principio, cuando íbamos a explicarles quiénes éramos, nos encontrábamos con cierta desconfianza.

¿Por parte de los familiares?
Sí. "Realizáis el deseo de mi hijo sin que yo tenga que pagar nada -nos decían-. De acuerdo, ¿pero de qué tendré que hacerme socio, qué enciclopedia deberé pagar a plazos?". Viven una realidad tan dura, que les sorprende que alguien les ofrezca algo sin pedir nada a cambio. Hoy lo que más funciona es el boca-oreja.

¿Y los niños sospechan algo?
Cuando nos llaman los padres, los médicos o las enfermeras para que atendamos a un niño, va alguien de la organización haciéndose pasar por enfermero o enfermera y, hablando con el niño, averigua cuál es su deseo, y la sorpresa se mantiene hasta el final.

¿Ha aprendido algo en estos seis años?
Me abruma la tremenda gratitud de los padres. Más del 80% de los casos que atendemos son niños con cáncer, y muchos de ellos, para tratarlos, deben estar en un hospital de referencia lejos de casa.

La familia debe dividirse.
Sí, uno de los progenitores ha de permanecer en el hospital mientras dura el tratamiento, que suele ser largo. Son casos ejemplares de entereza y de voluntad. Y es increíble ver lo alegres que pueden ser esos niños sabiendo cuál es su realidad. También me ha sorprendido muchísimo la gran corriente de solidaridad que hay en España. Permítame que le cuente un caso reciente.

...
El deseo de Jaime, de 6 años, con leucemia, quería ser policía. Contactamos con la DGP y se volcaron en el caso. Un policía se presentó en casa de Jaime, al que acabábamos de regalarle un traje de policía: "¡Vengo a buscar al policía Jaime!"... Y se lo puede imaginar: fue de patrulla con todos los coches, voló en helicóptero... Fue un día tan intenso, que de vuelta a casa se durmió. Cuando se despertó, le preguntó a su madre: "Mamá, ¿lo he soñado o he sido policía?".


La Fundación Pequeño Deseo sólo pretende hacer muy, muy feliz durante un día a un niño que sufre una enfermedad crónica o de mal pronóstico, pero con ese gesto consigue aliviar a la familia, alegrar la dura vida de los hospitales y, en muchos casos, devolver la esperanza y la ilusión a personas que viven situaciones tan duras e injustas como la enfermedad de un niño. Se trata de un deseo particular, niño a niño, jamás montan un grupo para enviarlos a Disneylandia. Se financian con aportaciones privadas, empresas y particulares, y cada seis meses publican un boletín en el que las personas que han colaborado con su tiempo, con un euro o con 100.000 pueden ver el fruto de su esfuerzo.

(Esta vez nuestra aportación ha sido de 20 euros: clic.)

viernes, 1 de agosto de 2008

El tren de los milagros

"El tren de los milagros". Así le llaman los más pobres, porque cambia la vida de aquellos a quienes acoge. El Lifeline Express es un hospital sobre raíles que recorre la India profunda. En sus vagones, los pasajeros son, en realidad, enfermos que necesitan ser operados y no tienen dinero para pagar una intervención quirúrgica.

Aunque la economía india ha crecido a un promedio anual del 9% en los últimos tres años, el sistema sanitario apenas sí ha mejorado. Hay 1,5 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes, muy por debajo de las tres o cuatro de otros países en desarrollo como Brasil, China o Suráfrica, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Además, el 70% de la población que vive en el campo no tiene hospitales cerca o no puede pagar por sus servicios.

Por eso, el paso de este tren es la única esperanza para muchos campesinos. "Las operaciones que se hacen aquí son sencillas y de rápida recuperación, pero ayudan a mejorar significativamente la calidad de vida", sostiene uno de los cirujanos voluntarios, Tirumala Prasad. Se realizan cuatro tipos de cirugías: cataratas, problemas auditivos, deformidades causadas por la poliomielitis y reparaciones de labios leporinos y paladares abiertos.

"El Lifeline Express está equipado como cualquier hospital que cuente con equipo moderno y tiene la ventaja de que se puede trasladar de un lugar a otro para ayudar a más gente", explica el jefe de operaciones, R. S. Vishwen. "Además", añade, "cada parada dura unas tres semanas". EL PAÍS lo visitó en Vizianagaram, una ciudad costera del Estado de Andhra Pradesh, al sureste de India. Allí, cientos de personas de todas las edades esperaban su llegada en tiendas de campaña. Habían llegado desde las cercanas aldeas y, previamente, eran revisadas por voluntarios que decidían quiénes podían subir al tren, unas cien al día.

"No tengo dinero para pagar la operación, pero, aunque lo tuviera, recuperar la vista no se paga con nada". Así se expresa D. Chinnayya, un peón de 60 años que sufre de cataratas y que, desde hace un año, no puede trabajar porque le echó su patrón. "Me dijo que ya no servía para nada", explica nervioso.

A Chinnayya le ha llamado una enfermera para que suba al tren. En un minuto le han puesto una bata de hospital y le han acostado en una de las tres planchas o mesas de operaciones que tiene uno de los dos vagones convertidos en quirófanos. Este tipo de cirugía se hace en serie. En India, las cataratas constituyen un mal muy común entre los mayores de 55 años. Se debe principalmente a causas genéticas y se agrava por la malnutrición y la contaminación, según explica el oftalmólogo R. Raju.

"Los pacientes creen que es magia: al día siguiente de ser operados pueden ver. Todos quedan muy agradecidos, uno hasta me ha llamó Dios", cuenta Raju. En el espacio de 15 minutos ha operado a dos personas. "Todo consiste en remover el cristalino, que se ha opacado, implantar una lente y listo". El oftalmólogo asegura que en sus 25 años de profesión ha realizado ya esta pequeña operación unas 30.000 veces.

En el otro vagón de operaciones, que tiene sólo dos planchas, los tipos de intervención varían. Ese día tocaba el turno al labio leporino. Ahí estaba Radha, de 20 años. "Al fin mi rostro dejará de estar deforme y podré salir a la calle sin vergüenza", decía. El labio leporino ha marcado su vida: sus padres la sacaron de la escuela a los 10 años y le impiden salir de casa porque en la calle le miran con horror.

Pero no todas las historias tienen un final feliz. La demanda de este tipo de servicios es tanta, que el tren no da abasto, por lo que no queda más remedio que rechazar a pacientes. Es el caso de Deepa, un bebé de apenas seis meses al que su abuelo, un viejo sastre, le llevó a operar del labio. "No se le puede operar porque tiene una severa desnutrición", le dijo uno de los encargados de elegir a los pacientes.

Al igual que el oftalmólogo R. Raju, que normalmente trabaja en una ONG, la mayor parte de los médicos del Lifeline Express en Vizianagaram son voluntarios que sólo reciben agua, té y el almuerzo. El resto, 10 doctores y 12 enfermeras, fueron enviados por los hospitales del Gobierno en los que trabajan.

En cada parada del tren hospital, que no lleva equipo médico, se recluta "a los mejores" del lugar. En el caso de Vizianagaram fue el club de rotarios quien facilitó el transporte de las personas de las aldeas al tren. Dos hospitales, uno del Gobierno y uno privado, cedieron parte de sus camas para que los recién operados se recuperaran allí.

La coordinación entre Gobierno, empresas privadas y ONG internacionales y locales es precisamente el mayor logro del tren, según el jefe de operaciones. La iniciativa es de la ONG internacional Impact India Foundation, que se dedica a luchar contra las discapacidades que se pueden evitar. Hasta ahora, con las operaciones del tren hospital se han mejorado casi medio millón de vidas.

(Artículo publicado en El País: clic)

The Green Belt Movement

“Si supiera que el mundo se ha de acabar mañana, yo hoy aún plantaría un árbol”. Martin Luther King, el autor de esta sentencia, estaría contento. Según la ONU, en 2007 se plantaron en la Tierra 1.500 millones de árboles. Si consiguen prosperar, al final de su vida cada uno de ellos habrá absorbido una tonelada de dióxido de carbono, además de haber contribuido a regular el régimen de lluvias y a frenar la desertización.

Se prevé que en 2008 se planten por lo menos 1.000 millones más. Ciudadan@s, empresas, organizaciones y gobiernos de todo el planeta están ya por la labor. Una de las ONG más activas en la lucha por la reforestación es The Green Belt Movement, creada en 1997 por Wangari Maathai, premio Nobel de la paz (clic). La forman centenares de mujeres de Kenia que con su activismo medioambiental reivindican de paso el papel que les corresponde ante una sociedad patriarcal. Míralas en acción, tan alegres: clic.

(Entre todos hemos hecho un pequeño ingreso de 20 libras a través de la web de la ONG: clic. El recibo está a la disposición de quien quiera verlo. Ah, y no te pierdas este cuento, una pequeña obra maestra de la literatura universal: clic)